Poetas con Luz AmbientePilar Astray Chacón

Poetas con Luz Ambiente, Pilar Astray Chacón

Desde que tengo conocimiento la poesía fue para mí el alimento, la forma de interactuar con la realidad que se mostraba ante mis ojos”.

Cuando coordinamos una sesión poeta y fotógrafo, suele ser con una semana de antelación. Con esa premisa, no se puede saber con seguridad la luz con la que trabajaré los retratos, sobre todo si es en exterior.

En esta ocasión la luz que “nos tocó”, fue la luz que corresponde entre las 5 y las 6 p.m. en un día despejado, o sea, muy dura y muy lateralizada. Por lo tanto, es una luz generadora de grandes contrastes. ¿Es buena o es mala?… pues depende, que diría una gallega como Pilar.

Es cierto, pero ideal a la hora de querer establecer una connotación, entre los espacios en los que la poeta se mueve y ha movido.

El origen de su poesía “desde que tiene conocimiento”, radica en la  observación de la naturaleza en sus múltiples facetas. En esta zona de grandes llanuras y en la ausencia de la contemplación del mar de su tierra natal, donde a la vez se conjugan profundidad y horizontalidad; elementos comunes en ambas y diferentes por su propia materia. Si, se puede atisbar la similitud en cuestión de sensaciones. Son tan diferentes e iguales, que si quisiéramos encontrar un adhesivo para compatibilizar ambas, seria la poesía de Pilar el elemento aglutinador necesario para tal fin.

Pilar Astray Chacón ©Pepe J Galanes

Pilar Astray Chacón

Desde que tengo conocimiento la poesía fue para mí el alimento, la forma de interactuar con la realidad que se mostraba ante mis ojos. A mi padre le gustaba meditar en los espacios naturales, sentir y dejarse inundar por la magnífica expresión de la naturaleza. Para él, los mejores momentos de su vida eran aquellos que simplemente observaba el mar batiendo las rocas con esa fuerza inconmensurable, el intenso verde de los pastos, la niebla y la lluvia matizando los colores de los bosques. Desde muy pequeña me llevaba a ver el mar, simplemente, y los dos, en silencio, sin palabras, hacíamos poesía.

Creo que hay poéticas que nacen de la imagen, del sentir del poeta y, otras que nacen del sonido. En mi caso, el sonido define el ritmo y la estructura, de alguna manera conforma la imagen como parte del espacio acústico y sus tonalidades. La poesía, para mí, es la música del lenguaje. La naturaleza poética es mutante, cambiante, flexible y acuática, como esas olas que no lograban romper la meditación trascendental que mi padre me legaba y, al contrario, se introducían en nosotros. Y ese legado me enseñó a no confrontarme con la vida, sino a navegarla, con el remo suave y, a la par, fuerte, que abraza acantilados agrestes y la marea del verano. El sonido extradiegético e intradiegético define la forma en la que no me enfrento al texto, sino que me fusiono con el mismo.

Me defino en una poética sensorial, que ahonda en lo más primitivo del lenguaje: su manifestación sonora. La poesía es raíz, un canto a lo que observo, amo y también lo que denuncio, para sobrepasarlo con el verbo. La poesía tiene para mí ese aspecto infinito y grandioso lleno de misterio que tienes que surcar y navegar para descubrir si al final de la orilla estás tú misma. Es la poesía una travesía y no un fin, ni un comienzo. Por eso, es tan difícil concluirla con un punto y final, o máxima cerrada, porque me encuentro en esta odisea de la vida, como todos, de camino a Ítaca y dispuesta a escuchar los sonidos que me traigan los vientos. La reducción al origen es la perfección de la rosa entendida como poema, la forma primigenia de la vida, el grial que abrazaron mis referentes. En mi caso, mi búsqueda es simbólica sonora, ya que el símbolo que toca nuestro ser inunda también nuestro cuerpo.

Y es el propio texto un cuerpo que habitar sin colonizaciones para que sea la propia belleza la que lo atraviese, sin fronteras.

Nunca fue lo mismo sentarse a escribir que a componer; en los mejores momentos el poema debe sentirse con los pies. Como esa imagen de Jack Kerouac marcando el tempo del músico de jazz siendo completamente invadido. Y es que el poeta beatnik sabía que “on the road” es ser parte de la embarcación que toma la ola y ante ella se sobrecoge, incluso ora, como hacía en silencio mi padre y como hacen tantos poetas callados, con sus gestos, ante la inmensidad.

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