Poetas con Luz AmbienteMarisa Vaquero

Poetas con Luz Ambiente, Marisa Vaquero

“Yo digo también que el poema es emoción, pero también conocimiento y comunicación con el lector, porque el poema, una vez que ha visto la luz, que ha sido parido, pertenece al mundo, y en su deambular por este irá alojándose en la intimidad de quienes lo leen, de quienes lo hacen suyo”.

La luz de los recuerdos de una vida en Daimiel. Unos recuerdos que plasmaban las vacaciones de verano en casa de su abuela que fue y es todo un ejemplo para ella. Posteriormente sus regresos a Daimiel los afronta bajo una perspectiva más espiritual consecuencia del fallecimiento de su madre, “todo lo veía con los ojos de su madre”.

Tal vez estos contrastes y la madurez, la conducen a tener una relación muy terrenal con Daimiel, “Eres tan árida como las piedras de Daimiel”, le comentó un poeta.

Tal vez esa pretendida aridez en la hora de afrontar esta sesión, y bajo mi perspectiva, se convierte en frondosidad cuando de manera desinteresada se abre y me permite indagar “en las luces de los recuerdos de una vida”.

La luz de una tarde ventosa de finales de junio, fue la que decimos que iluminase la sesión fotográfica. Una luz perfecta para mostrar la aridez y el color ocre de unas piedras que pueden hablar a través de la historia.

Marisa Vaquero ©Pepe J Galanes

Marisa Vaquero

Sobre mi poesía

¿Qué decir sobre la Poesía? ¿Cómo resumir en unas pocas palabras la vocación del poeta? Y yo ¿por qué escribo?… Son tantas las preguntas que me hago, que la única respuesta con la que me quedo es el poema que está por escribir, ese que llegará en el momento más insospechado, cuando la inspiración o la musa así lo dispongan. No es fácil hablar de la Poesía y menos  la de una misma. Muchos son los que prefieren que hablen de su obra otros, y yo prefiero eso, porque no sé dónde ni cuándo empieza el poeta y, por supuesto, dónde acabará y cómo.

Dicen de mí  que mis versos son honestos, claros y oscuros: honestos porque el poema siempre debe ser sincero; claros porque están escritos con las palabras de mi vida cotidiana; y oscuros porque son la herramienta que me permite aferrarme a esa realidad de la vida que reposa en el canasto de la ropa marchita. Yo digo también que el poema es emoción, pero también conocimiento y comunicación con el lector, porque el poema, una vez que ha visto la luz, que ha sido parido, pertenece al mundo, y en su deambular por este irá alojándose en la intimidad de quienes lo leen, de quienes lo hacen suyo.

Yo quiero decir solo las cosas tal como son, decirlas sin asustar; intento que los poemas sean retazos –y retales– de verdad, escritos con las palabras de todos, que sean como un trozo de pan cortado con las manos desnudas, que alivien –al menos durante los versos que componen un poema– el hambre de aquellos que se han acercado hasta mi modesta obra, tal como esa mujer que se sienta a la puerta de su casa para ver pasar el mundo, que espera el tren que circula por los raíles del mar hacia el principio o el fin de su ser, una mujer que aguarda paciente el barco que la hará navegar volando más arriba de las nubes de los altos sueños. Y también esa mujer que escribe por los impulsos de los días, esos jodidos días, que necesita abrazarse a un poema porque sabe que al otro lado de la plaza esperan los jardines de piedra, la tremenda última verdad.

Dicen de mí, de mi obra, y me halaga y me asusta. Y yo les digo que respeto tanto la poesía que me cohíbe hablar de ello. Dicen de mí y me asombra. No sé qué decir más de lo que dicen de mí. ¡Ay! ¡Si fuera tan sencillo rematar la esperanza al final de un suspiro!

Dicen de mí, y me acuerdo de las palabras que escribió el poeta Fernando Beltrán en el prólogo de mi libro ‘Poemas de falda negra’, y que reproduzco a modo de conclusión: “Esta mujer que no da pie a veces en las aguas profundas de los lunes, pero que sabe que la semana puede guardar un poema con miércoles incluido, o el verso de un jueves, o una palabra posada sobre un posavasos, o sobre ese posabesos que todos buscamos al fondo de un algún martes con frío y calles estremecedoramente solas, estremecedoramente nuestras”.

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