Poetas con Luz AmbienteEloisa Pardo Castro

Poetas con Luz Ambiente, Eloisa Pardo Castro

“Sólo tengo claro que tener en la mano la pluma y, en la mesa del estudio, una hoja en blanco, son el rodrigón que necesito para continuar. Para creerme. Para ser. Y ahí vamos”.

Con Eloisa es muy fácil empatizar desde el principio; me cuenta que su abuelo le influyó mucho en el ejercicio de la lectura. Tal fue así, que sus primeros amores fueron “Alejandro Dumas y el Capitán Trueno”.

Establece unos símiles curiosos entre poesía y prosa. La prosa la compara con el perro, que así que lo llamas lo tienes al lado, te obedece y acompaña. Por el contrario la poesía, es el gato… te obedece cuando quiere, te ignora sin compromiso alguno y nunca puedes hacerte dueño de el.

Preguntada por su luz; es la luz del siglo de oro, que tan bien está reflejada en “su  villa favorita”, Villanueva de los Infantes.

Localizaciones, innumerables, cada rincón es perfecto. Nos decantamos por La Alhóndiga. Su iluminación grande y cálida, en la que se podía oír hablar a las piedras, a las columnas y ver a cada uno de los presos que grabaron sus nombres en ellas. También estuvimos en La Casa de los Estudios, escuchando las enseñanzas de Bartolomé Jiménez Patón, en la que se podía elegir distintos tipos de calidad de luz. Y por último, después de alternar un buen rato entre charla y sesión; recordé de una anterior visita a Infantes, las cerchas del antiguo mercado municipal, actualmente Museo de Arte Contemporáneo, en dónde podía intentar una composición triangular, pensando en la sensación de fortaleza y dinamismo que me transmitía Eloisa. Por otro lado, no dejaba de ser una iluminación de “su villa favorita”.

Eloisa Pardo Castro ©Pepe J Galanes

Eloisa Pardo Castro

A veces un viento / altera las cortinas,/ y, durante un instante, vislumbro / otros horizontes.

El titular de una entrevista que me hicieron hace tiempo decía que la poesía me había salvado la vida. Fue mi respuesta, claro está, a alguna pregunta directa que me hicieron. Al leerla allí, presidiendo y simplificando mi pensamiento, quizá me pareciera algo contundente, pero más tarde, paladeando mi reacción, no me pareció tan descabellada. Porque lo cierto es que cuando me encuentro en cualquier encrucijada de mi vida, sumergida en algún caos, desorientada y perdida, acudo al poema, a la escritura, me aferro a la pluma como a un tablón en alta mar, me refugio en la corporeidad de las palabras en la paramera del cuaderno, y allí, vomitando mis ansias y sosiegos, encuentro de nuevo la dirección cuasi exacta por la que dirigirme.

Con las palabras rendí homenaje a una amiga que se fue, en el poemario Pronto será oro el membrillero y con él cerré con paz el perpetuo duelo que arrastraba. Con el auxilio de las palabras me salvé (de ahí el titular), con los poemas diarios y decembrinos de Besos de nitroglicerina en el corazón; en los versos de Piel, me desnudé por completo y pude, en un final inesperado, ofrecerle a mi madre el último adiós y, con Los pecios del naufragio, he querido pasar página al día de ayer, al tumulto de los recuerdos, aunque puede ser que, a pesar de todo, haya dejado doblada la esquina. Todavía.

De cuando me escondo en el rincón oculto. / De cuando me ovillo. / De cuando el olor a tinta me lleva a donde quiere. / Del bruxismo del papel en blanco.

Con el alboroto de las palabras, pergeñé las historias de tantas mujeres que conocí y me hablaron, en Galería de trampantojos y, con retazos de amor y nostalgias, escribí Haro y yo, in memoriam a un perro que me acompañó durante doce inolvidables años.

Ahora estoy inmersa en una novela: El ruido del silencio, en donde intento encontrar la medida de las cosas que aun no comprendo. Y, algunos días feriados, me refresco el alma jugando con poemas para niños. Atravieso la noche escuchando boleros, es el poemario en el que, por las mañanas, intento encontrar respuestas a un recorrido tan balbuciente, en el que trabajo en estos momentos.

Sólo tengo claro que tener en la mano la pluma y, en la mesa del estudio, una hoja en blanco, son el rodrigón que necesito para continuar. Para creerme. Para ser. Y ahí vamos.

Como decía la gran Francisca Aguirre: ¡Qué oficio tan humilde y ambicioso, qué meta inalcanzable, qué hermoso oficio, para dejarse en él la vida entera”!

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