Poetas con Luz AmbienteCristina Díaz Aragón

Poetas con Luz Ambiente, Cristina Díaz Aragón

“Escribir poesía era tan sencillo como escribir un diario, como hablar con mi psicólogo de papel y tinta, como asomarme a una ventana por la que por fin respirar”.

Quedamos en realizar la sesión una tarde, por cierto, sábado en el mes de mayo a eso de las 18:30, en el Pº de San Gregorio en Puertollano. Hago alusión a estos detalles, debido a que según iba avanzando al lugar en concreto de La Fuente Agria. Era el espacio en el que Cristina había decidido donde retratarla, en virtud que valora a la fuente de una manera especial, de tal manera que considera que es una suerte que, en el corazón de Puertollano, se pueda tomar el agua ferruginosa que allí vierte.

La luz no acababa de estabilizarse, tan pronto una nube la convertía en suave, como que se apartaba y se convertía en dura, cambiando constantemente de calidad.

Añado a lo escrito, que la tarde era propicia para el disfrute del paseo, como así daba fe la cantidad ingente de paseantes que se encontraban en el lugar. Con estos “condimentos”, iba pensando en como cocinar el retrato. Es más, añado otro condimento… Cristina, me dice que es muy tímida y no sabe como va a salir la sesión.

Bien, con estos ingredientes la sesión se dio muy bien. Resulta, que dentro de la fuente la luz estaba muy controlada, la gente que allí iba a beber y recoger agua, lo hacia de forma intermitente y se creaban espacios de tiempo suficientes para disparar la cámara, y… Cristina no me pareció tan tímida, todo lo contrario, las últimas series que eran para ella, las posaba y disfrutaba como si fuera una sesión de moda.

Cristina Díaz Aragón ©Pepe J Galanes

Cristina Díaz Aragón

Mi nombre es Cristina, y si me preguntas desde cuándo escribo, te diré que, por muy atrás que rebobine en el tiempo, no me veo sin un cuaderno y un bolígrafo. Hasta bien entrada en la adolescencia, no me sentí parte de nada, no creía encajar bien en casi ningún sitio, y las relaciones sociales con personas de mi edad se convirtieron en mi talón de Aquiles. Creo que de ahí nació mi verdadero amor por la poesía. Del miedo a ir al colegio, de la vergüenza y el ridículo, de la soledad y la tristeza. Soy buena en el ejercicio de la introspección, y de esa cualidad me armé para construir poco a poco mis versos y mi muralla tras la que refugiarme. Escribir poesía era tan sencillo como escribir un diario, como hablar con mi psicólogo de papel y tinta, como asomarme a una ventana por la que por fin respirar. Y conforme leía lo que escribía, las inseguridades se iban diluyendo, aunque lentas, como lágrimas en la lluvia (parafraseando a Iván Ferreiro). De cómo transformé frases en versos, ni yo misma lo sé. Supongo que cada persona tiene una belleza interior y un modo propio de sacarla afuera.

Podría autodenominarme como “poeta dolorosa”, pues la tristeza es el núcleo casi absoluto de mi poesía, y conforme cumplo años, la pasión por los poemas tristes o melancólicos crece conmigo. Hablo del amor en su cara B (si me imagino que la cara A es el amor romántico y la cara B el desamor). Podría decirse que cuando las musas me sienten alegre, se marchan, y regresan cuando me siento abatida, da igual que sea de noche que de día. También me siento a momentos de cerca la muerte, no de una muerte física sino de una espiritual, cuyo fin no es el cielo ni el infierno, sino un plácido limbo donde escribir en paz. Cuando mejor escribo, en soledad.

Como fuente de inspiración, me nutro de música triste y alta, de personas desvalidas, de ancianos cogidos de la mano, de la naturaleza, de la muerte, de la ansiedad, y por supuesto, de los poemas de otros. Leo cualquier libro de poesía que caiga en mis manos, de cualquier estilo y época, y procuro hacerlo en voz alta. En cuanto a la mía propia, ésta es la mejor definición que se me viene a la cabeza: única y personal. Me gusta usar la prosopopeya y la aliteración, lo que considero que dota a mis versos de una profundidad curiosa, pero dejando a un lado las figuras literarias, no concibo una forma de escribir que no sea desde el alma. Y sí, aunque suene demasiado tópico, no creo que valga la pena escribir poesía si no se hace para verterse en ella. Amo la poesía como mecanismo de defensa, como canal transmisor de sentimientos, como desahogo y como terapia de aquel que quiera leerme.

Durante nuestro encuentro, Pepe y yo hablamos de la arrogancia y de la falsa humildad, y ni una ni otra, amigo. Sé que nací para escribir. Sé que lo hago bien. Sé que disfruto y crezco escribiendo. Y sé, por encima de todas las cosas, que no podría vivir sin la poesía. Gracias por permitirme contarlo de una forma tan especial.

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