Poetas con Luz AmbienteTomás Megía Ruiz-Flores

Poetas con Luz Ambiente, Tomás Megía Ruiz-Flores

“No, no sé cuándo llegó, pero cambió el curso de mi historia; tendría doce o trece años, entró sin hacer ruido, produciendo ese vértigo frívolo, indisciplente y rabioso que desafió mi sensibilidad. Se acercó a mi oído y me pidió que no te contara que, su única pretensión, era seguir viva o morir entre nosotros, pero ella estaba aquí antes de que tú y yo llegáramos”.

Tomás y yo nos conocimos este verano en una lectura de poemas y hasta la fecha de la sesión, no habíamos coincidido. No fue motivo en absoluto, para que la sesión se desarrollase como si nos conociéramos de tiempo.

Invertimos el proceso, normalmente lo primero es un café para romper el hielo y después la sesión; en esta sesión primero “las fotos” y después el café. Comenzamos en el parque municipal, espacio enfrente de donde ejercía su trabajo como docente y lugar muy querido por él, consecuencia de la biblioteca que allí existió y después nos trasladamos al paraje del Peral, otra localización en la que Tomás encuentra a “las musas, cuando llegan”.

La cuestión, que a Tomás le encantan los contraluces al igual que a mi. La sesión la hacíamos por la tarde y su preocupación, la de que no nos quedásemos sin luz. Mi preocupación, la de encontrar la luz en el ángulo y lugar idóneo, para así poder dibujar mediante el perfilado su imagen, cuestión que me pareció muy característica y por eso mismo, tenía que tratar con la técnica del contraluz. Dibujar con esa luz, la iconicidad de su imagen.

Tomás Megía Ruiz-Flores ©Pepe J Galanes

Tomás Megía Ruiz-Flores

La primera entrega fue desconcertante. Ella, presumía de saber contar historias, pero nunca las acababa y era la noche quien ponía continuaciones o finales; luego, cuando se giraba para quedarse dormida, desnuda en la cama, desplegaba ante mí el lugar ansiado donde poder guarecerme.

No, no sé cuándo llegó, pero cambió el curso de mi historia; tendría doce o trece años, entró sin hacer ruido, produciendo ese vértigo frívolo, indisciplente y rabioso que desafió mi sensibilidad. Se acercó a mi oído y me pidió que no te contara que, su única pretensión, era seguir viva o morir entre nosotros, pero ella estaba aquí antes de que tú y yo llegáramos.

Ella –la poesía–, se declara “oportunista”, “arma cargada de futuro” o “viento del pueblo”, envuelve la nada y el vacío –que antes eran tuyos o míos—y los recubre de palabras sonoras, brillantes o delicadamente hermosas pero… a poco que logres desconchar su fachada puedes comprobar que todos los misterios están ahí, más allá de su leyenda.

Es verdad, a veces, se viste para el baile, embelesa a los nombres, los adjetivos, las conjunciones o los adverbios… recubre a las palabras con esa atmósfera extraña que suele crear a su antojo y se engalana con caros ropajes antes de comenzar su danza; y tú, mientras tanto, tendido sobre el rojo del sofá, te quedas esperando que se muestre impúdicamente desnuda, seductora e irreverente para hacerla tuya.

Nunca me interesó demasiado, pero debo confesar que me sedujo con las armas que puso en mis manos y que a otros esconde y saber que, en ellas, hay un remedio inexplicable contra el dolor, la desolación o la muerte; aunque también me fascinaron sus momentos de silencio o las cosas que no nombra y que no quiere evocar. Tú y yo sabemos que, hace tiempo –aunque no sé cuándo fue—, algo debió pasar entre nosotros, que evitamos recordar, pero que nos asegura esta especie de unión interesada en la que nos sobran las caricias, los abrazos y los besos.

Quizás intuimos que estamos abocados a sobrevivir juntos.

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